miércoles, 23 de marzo de 2011

EL MÁS BELLO CORPUS MORTIS: LIZ TAYLOR



Ella dormía en Surquillo

Las posturas de frente y de perfil de una de las actrices más bellas del planeta. Liz Taylor, con sus casquivanos ojos de un indescriptible color violeta y sus efluvios sensuales de leoparda encelada, desde el primer centímetro de blanco ecran que cubrió con sus poco morigerados encantos, pobló los sueños lluviosos de todos los cinéfilos del mundo, en cuya primera butaca, enamorado como un adolescente sin acné, figuraba nuestro cronista surquillano. Aquí la certera, conmovida aunque tardía carta de amor que le escribe a la actriz. (Publicado en "Usted es la culpable". Editorial Norma. 2004)

Escribe: Eloy Jáuregui

Sí, la madre --no la de Gorki sino la mía-- era dueña de un salón de belleza, un embellódromo, una clínica de cabezas. Y fue conocida, mas no popular, a siete cuadras a la redonda. De ella dependía en gran parte la estética céfala del barrio. Barrio de Lima en los sesentas; geografía de la vanguardia del chillido, la cursilería --el peinado "bombe"-- y el escupitajo. Surquillo, el barrio, sagrado territorio del cine, la mala maña y las revistas con fotones.

En el lobby, en las bancas de pino Oregón, en la antesala del pelicidio y el saloncito, los sábados por la tarde, una ruma de estrellas aguardan ser vistas, visadas y revisadas. Las Vanidades, las Bohemias, los Ecran y los Life, se mostraban desnudas, en sepia, a las clientas y cobradores. Entonces uno, infame e infante lector, bizco por el sexo sentido y resentido y a punto de estar henchido, descubrió -aquel Colón naufragando en la redondez de las nalgas del otro mundo, el círculo vicioso- que en las estiradas piernas femeninas se encontraba el eslabón perdido y no el anillo de cuero del que tanto hablara aquel maquinista-alquimista del tiempo H.G. Wells en 1895.

Piernas o pechos, qué más da. La carne cruda era lo que contaba entonces. Antropófago de figuras planas, astrónomo en busca de una estrella (del celuloide). Y en algún momento de la vida uno descubre por qué cuando una mujer pasaba -y había algunas que no terminaban de pasar- los hombres volteaban el cuello, enfocaban a punto de escopeta de la cintura para abajo, pegaban la lengua a los labios y lanzaban una especie de eructo salvaje. En algún momento de la vida fue cuando hojeé la revista internacional de cine Ecran, hecha en Chile, un número especial -muy especial, disculpen la melancolía- con un sello: "Por avión". Entonces conocí a Liz, casi despierta.

Dudo que ella se enterara. Y aunque mi madre me alentó a escribirle a los estudios de Hollywood y luego a su sagrada mansión y después a su representante, apenas intenté un garabato en mi cuaderno del Niño y la Salud. La escritura del amor es asunto de gigantes. Yo era un enano petrificado, un gnomo bajo el pórtico erótico, casi un ratón debajo del altar del bolero. Dudo incluso que Liz, treintona Liz de ojos violeta, conteste a un babiecas tercermundista de ojos turbios. Pero ese era mi problema y no el suyo estimado e hipócrita lector.

Y en la página 8, Liz o Elizabeth o Lizbeth, se mostraba de perfil -aquella nariz se elevaba hasta el cielo para caer, cual ángel en picada, en los labios del pavor y ahogarse en el infierno de su lengua, púrpura imagino- con las cejas negras en guardia -las cejas son el paréntesis del sexo- con los párpados como sábanas de seda cubriendo lo prohibido, Liz, osculoza irremediable, repito, besando a uno, y a otro y a otro más. Sus labios, clavados en las fauces de Montgomery Clift, de Fernando Lamas, de Dana -era un hombre comprobado- Andrews, de Vittorio Gassman, de Van Johnson, de Rock Hudson -era un hombre incomprobado- de Rex Harrison y en los labios apestando a bourbon de Richard Burton.

Yo sabia que la española cuando besa es que besa de verdad, como decía un pasodoble a la vuelta de Silverio Pérez. Pero Liz, abusiva, golosa y chupa gente, besaba de mentira: eso decía mamá, piadosa y ecléctica aunque nunca le creí. No importa cómo me enamoré -a esa edad uno se enamora como un chancho de cualquier cojudez, mi prima María por ejemplo, la que después se hizo conocida en la universidad de la vida como la "mete y saca" o la "baja pasión"- y no interesa el grado de ardor de mi molleja, pero es válido que se consigne que Liz aparecía en la revista con este epígrafe: "El cine la hizo reina del amor". Así que lo mío fue amor con dolor, pero, al fin y al cabo, amor a primera revista.

Que qué cosa tenía Liz. Todo, aunque sin sostén como aparecía en la portada de la bendita Ecran, tenía "eso", la sustancia de la sensualidad, la summa teológica/ escatológica/ erotológica. No importa que tres años después -ya con Richard Burton zamaqueando su vida- haya declarado al redactor de Life, don Richard Merryman en Puerto Vallarta, México: "Tengo las piernas demasiado cortas, los brazos algo largos, una papada demás, pies y manos grandes y soy muy gorda. Mi mejor atractivo son los cabellos que se me están poniendo canos. Todas mis canas tienen un nombre: Burton".

Me importaba un rábano -púber, acólito entre diosas tetonas tutelares- su papada y los enormes dedos gordos de los pies. Era ella, completa, por kilos, la interesante ante cámaras y flashes enormes, ora posando nalguda a los 15 años chapaleando en una alberca en su primera "pin up", ora explicando su anatomía (la geografía del ardor): "Tengo mente de niña en un cuerpo de mujer". Y más allá, en otra fotografía, compartiendo el estrellato con la perra Lassie (a otro hueso con ese perro) y luego otra, con un caballo anónimo y Mickey Rooney. Entonces venía lo mejor, los nada oscuros ósculos --chapadora impenitente dirían ahora los caimanes de mi barrio-- los besos a diestra y siniestra. Qué tenían sus labios. Nada, la comezón de las insaciables, el escudriñar la música de las entrañas. Entonces me enamoré de Liz, casi dormida. Y sin red -abnegados lectores- la hice mía (la revista, no la carne, porque para eso, uno era el vegetariano del sexo). Tan mía que dormía en la brasas abrazado a la mujer de papel --que aguanta todo, el papel no la mujer-- y soñaba que soñaba que dormía despierto de cara a su regazo, de espaldas a mi edad --no es fácil tener 12 años y no tener bigotes, arriba y abajo-- de cabeza y despertaba ojeroso y sediento y más delgado y en pindinga y con mis manitas como las de Orlac.

Mi segundo matrimonio con Liz ocurrió en medio de la oscuridad cómplice del cine Primavera. Mi hermano mayor, titulado en títulos del cine norteamericano, me la presentó cuando ella se dejó ver -amar sería lo apropiado impropio- en el filme Gigante. Yo seguía siendo un enano, aventajado pero enano al fin. Fue un deslumbramiento. Liz animada coqueteando con el fino finado James Dean. Liz era la cónyuge de rock Hudson -un macho petrolero texano- Dean su empleado. La justa era injusta, éramos tres tras el mismo lomo. Mi hermano no participaba, él estaba de novio con Brigitte Bardot. No diré que vencí, Hudson era bello, Dean un simpático salvaje, yo un antipático mirón, pero esa noche, la noche de Surquillo, la rapté reptando para mí solo.

Fue cuando mi madre impuso el corte Cleopatra y el río Nilo pasaba a la vera de mi casa. Que fue infiel, que era la robahombres, que se dedicaba a la caza de maridos. Que era adúltera y pituca, que le decían "la señorita tetas", aquello no me importaba. Fue cuando escribí mi primera carta de amor con un toque de G.A. Bécquer, algo de Vargas Vila y un chorro de Juan de Dios Peza: "Amada Liz: ante los dos el cielo ha parido otro cielo para dormir sin pijamas (borrón). Y espero que mañana no me saque usted la muela, porque me dicen que anoche la vieron, en un tremendo vacilón (más borrones). ¿Vendrás a casa? Avísame porque tengo perro bravo. ¿Es verdad que te gusta los dientes en la nuca? tuyo: Cañita de la laguna. ¡Buenas noches, Liz!".



jueves, 20 de enero de 2011

HA MUERTO EL MAESTRO LUIS JAIME CISNEROS




LA ESCRITURA DE LA ETERNIDAD



Hoy 20 de enero las letras peruanas están de luto. El filólogo y lingüista Luis Jaime Cisneros, uno de los intelectuales más destacados del Perú, murió por causas naturales, a los 89 años, informaron sus familiares.


«De algún modo somos hechura de sus esperanzas y sus anhelos.

Por alguna razón, con ellos vinculada, El Perú nos pertenece.

Ese lazo que puede escudar su nombre en la palabra tradición o

patriotismo se nos hace visible a través de modos invisibles».


«Mis trabajos y los días». Luis Jaime Cisneros

Y para Renato y que siga.


Yo recuerdo que decía que don Luis Jaime Cisneros es incansable. Tiene cuajo y vitalidad de añejo. Académico tenaz, hombre de esquina lingüística rozada y admirado profesor-confesor, no le pierde pisada a lo que los de a pie llamamos actualidad. A la pulsión política, a la longevidad llaman un clásico. A su tarea de escritor y a mirar al Perú todavía como un lugar decente para vivir y sobrevivir. Ahora me está observando ahí en su estudio biblioteca con su talante de ser viejo y cada vez más sabio. Este es un homenaje a su brillantez y larga vida.

Este hombre que hoy lleva consigo casi 89 años es universal, pertinaz y desprendido. Uno lo observa y pareciera que esta abrigado por lo apacible de la atmósfera amén de la luz malva de la tarde se filtra por las cortinas de su estudio de la enorme biblioteca de su casa en la avenida La Paz en Miraflores a un tris de la quebrada de Armendáriz. Y ahora me está explicando más que contando de su abuelo, don Luis Benjamín Cisneros, poeta romántico contemporáneo de Ricardo Palma, fundador de la Academia Peruana de la Lengua, un espíritu omnipresente, casi un espectro que nos vigila apacible y sonriente. Y luego habla de su padre --es jodido hablar de los padres—Luis Fernán Cisneros, poeta periodista, diplomático, como buen peruano, desterrado por liberal, demócrata y libre pensador.

De repente, sus ojos adquieren un brillo inusual. Y don Luis Jaime que está confesando que su padre tenía una curiosa actitud para la lágrima. Y en ese tiempo él no lo entendía, era tan seguro y dispuesto. Y luego, cuando aquel hijo cumplió los 50 años recién entendió porque lloran los hombres. Y recuerda una discusión del viejo con un sujeto encerrados en el estudio. A los gritos se dijeron de cosas. Luego explicaría conmovido: “este hombre me ha venido a ofrecer dinero” y de puro valiente se echó a llorar como un niño y se perdió al fondo de la casa. Fue una situación límite ahí delante de toda la familia. Y luego Luis Jaime que lo rememora por su humor chispeante y porque leía a voz en cuello y después de los almuerzos El Quijote, que después el ajedrez y más tarde las palabras cruzadas.

Tintineando sobre el escritorio me cuenta que su madre alcanzó una pasión inusitada pro la música. El violín, el piano. Y que todos los hijos heredaron ese prodigio y tocan juntos y hasta podían ofrecer un concierto de pe a pa. La familia limeña de pronto se vio embarcada a Buenos Aires. Así Luis Jaime realizó los estudios en escuelas públicas argentinas. Su contacto con la instrucción universal lo fue dotando de una pericia especial por la investigación, las ciencias, las artes. De esta manera también se convirtió en un apasionado por el teatro y las operas. La prensa porteña pasaba por su mejor momento y aquel cotejo de las noticias en los diarios lo hizo un potencial periodista. Sin embargo cuando culminó la secundaría la inclinación por la Medicina casi lo convirtió en otro. Las letras lo salvaron.

Hidalgo, nueva versión

Hablemos entonces esa tarde de El Quijote. Y léase quién fuere lo que nos contamos. Que estando fresca todavía la tinta de impresión, hacia la primera mitad del año de 1605 viajaron, desde la península para América, cientos de ejemplares de la novela del Quijote. A bordo del galeón «Espíritu Santo» y, según cuenta Irving Leonard, doscientos sesenta y dos libros tenían como destino la ciudad de México. Dice también que en la nave «Nuestra Señora del Rosario» venía un encargo mayor. Eran sesenta bultos que un librero de Alcalá de Henares, un tal Juan de Sarriá, remitía a un socio que se había acuartelado en Lima. El valioso recado, que tenía como destino el puerto del Callao, llegó primero a Cartagena de Indias y, de allí, a lomo de mulas, pasó a Portobelo y luego a la ya traficada Panamá.

La historia oficial cuenta que de esta manera el Quijote comenzó sus aventuras por el Nuevo Mundo. Lo que no logró jamás Cervantes lo conseguía su criatura, dice. No obstante, nadie ha podido dar cuenta de qué pasó con los diez bultos que se perdieron en el camino. En realidad, sesentaiseis ejemplares se extraviaron, según ciertos monjes despistados de la orden jesuita, en la frondosidad de la selva centroamericana, producto de un hurto de pájaros sin colores de los que ya no hay más. Otro dato creo que exagera. Según una colectividad nativa -ya desaparecida por la ferocidad de los sicotrópicos duros-, esas moles de palabras atamaladas fueron consumidas por el fuego inexplicable que bajó como melaza de ron de piratas desde la copa de un guayabo, hoy convertido en un muñón sin ramas.

La versión de José Antonio Roldán vendría cierta en aquel tiempo. Cuenta el descubridor de «El limbo de los perdidos», que recogió en la costa de Andros la historia de un sujeto prieto de ojos alucinados, sobreviviente de un naufragio excepcional, aquello que balbuceó más que habló instantes previos a morir de eructos pestíferos: «Deciros a vuestra merced que he bebido en Calango del agua del clavelito y que, aunque parezca afrecho de bruja, no lo es, y ya he dicho que todas las cosas trastruecan y mudan de su ser la naturaleza de los encantos». Que un gaznápiro palurdo hable como la misma inflexión y acento que el mismo don Quijote no ha dejado dudas que los bultos que se extraviaron en el istmo llegaron primero al valle de Mala antes que a las bodegas del socio del tal Juan de Sarriá.

No hay duda que gracias a Cisneros que Don Quijote de la Mancha cabalgaba ya en Lima con tufo a camarones cañetanos como en Toledo o en Villanueva de los Infantes [1], a más velocidad que Rocinante y el rucio de Sancho, que ganaban piso a 31 kilómetros en días de verano y 22 en días de invierno en Castilla. Por eso, su saber supino de tapadas y rosquetes, de cómicos y alcahuetes, de soplones y celestinas, de frailes y bandoleros que en aquel tiempo abundaban en exceso [¡Oh, grande Mónica Sánchez en 'Eva del Edén', está buenaza!] en la Ciudad de los Reyes. Y ya pasaron cuatro siglos y don Quijote goza de buena salud y Lima, bueno, sigue igual.

El médico Cisneros

Y yo le digo que no lo imagino de médico. El afina el humor. Me dice que él tampoco. Pero en Buenos Aires los médicos eran políticos, pintores, líricos y hasta poetas. Luis Jaime estudió cuando se consolidaba la Reforma Universitaria argentina como vanguardia en el continente. Y tuvo como profesores a Amado Alonso, Pedro Henríquez Ureña, Ricardo Rojas, Francisco Romero. Que conoció al Papa Pío XII y a Tagore a quien le tocó su enigmática sotana gris. Y le dio la mano al Príncipe de Gales. E igual, hablaba de tango como de fútbol y hasta de la bomba atómica cayendo sobre el Japón. Que cuando terminó la Segundo Guerra y triunfaron los Aliados, junto con sus compañeros universitarios obligaron al diario bonaerense La Nación a que toque la sirena por horas y abrigado pro los dirigentes de la federación estudiantil armaron un mitin histórico en la Plaza Francia que no tenía cuando terminar.

Tuvo un hermano militar y hasta ahora no se explica por qué. Luis era menor, se hizo merecedor a una beca del gobierno argentino. Es que era un tipo especial, corajudo y audaz hasta sus cachas. Su madre lo bautizó como el “gaucho” porque cierta vez, a los 7 años se cortó los dedos con una navaja y no lloró de puro guapo. Luis, el “gaucho”, fue de la misma promoción que el general Videla y otros militares que terminaron de golpistas y que insuflaban una inclinación por un orden harto vertical. Luis, al Perú regreso como alférez. Cierto, tenía una virtud, le encantaba la lectura. Por eso en casa a nadie le jodió.

Sus maestros en la facultad de Medicina terminaron de premios Nóbel. El Dr. Bernardo Houssay y el médico Francisco Leroi. Luis Jaime se especializó en cirugía. Su internado lo estaba cumpliendo no muy a gusto en el pabellón de niños e infantes cuando el Dr. Nicolás Romano se dio cuenta de su incomodidad y le enrostró que era un engreído y lo pasó a la galera de ginecología. El practicante Cisneros se quería morir. Otra vez regresó a pediatría. Su maestro le dijo: “Oiga, lo que usted quiere es que el paciente le otorgue el diagnóstico. No Cisneros, es la revés”. Luis Jaime hasta ahora se repite esa llamada de atención. Y que era preferible escuchar y no abrir la boca en vano. Ahora me está mirando, baja los ojos y humilde me confiesa: “Sabe, creo que ese es el secreto de mi habilidad como docente”.

En 1947 la familia retornó y se radicaron en la casa de Miraflores. La medicina quedó como un buen recuerdo para curar las gripes y las tristezas. Luis Jaime retomó sus estudios de filología románica y la literatura. En 1948 de doctora e ingresa a la docencia en la Universidad Católica. Después pasa a dirigir el Instituto de Filología y la Escuela de Periodismo en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Continúa en el Instituto Riva Agüero. Cuando se casó supo que había que reforzar la economía familiar y ahí se inicia en el periodismo.

Desde ese tiempo Luis Jaime Cisneros va tallando la imagen de gran maestro. Escritores e investigadores que fueron sus alumnos así lo confirman. Cisneros es el profesor de las grandes cátedras, de la clase ilustrada, de la enseñanza interdisciplinaria. Su prédica se entronca en la comprensión de un país ilegible siempre utópico. Así, genera seguidores continuos, discípulos perpetuos, alumnos atemporales.

El Quijote en Lima

Cuando la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, como celebración del IV centenario del Quijote, presentaron en la Universidad Católica la Edición Extraordinaria de la obra de Cervantes, publicada por el Grupo Santillana bajo el sello Alfaguara, él estaba ahí. Cierto, era el 2004 y Luis Jaime Cisneros fue el encargado del discurso central. Y el preceptor algo afónico de sabidurías aprovechó para pegar una conferencia magistral sobre Cervantes, el Quijote, Sancho Panza, la textualización infinita, el vuelo de la imaginación, los lenguajes excéntricos concéntricos, el genio alucinado de la lengua, la locura de la lectura encantada, en fin, dijo lo que había que decir (que no se había dicho) y habló lo que hay que hablar cuando de genios se habla. Luis Jaime Cisneros era el mismo Quijote galopando sobre los campos de Castilla y llegó al mar de Barcelona y pasó por Chincha y hasta se detuvo en Surquillo a pegarse unas copas en medio de unas coplas: «Bailan las gitanas/ mírales el rey; / la reina con celos, / mándalas prender...».

Dijo el maestro que la novela no estaba terminada porque cada lector la vuelve a inventar y rescribir. Cada lectura es una aventura, cada uno es un Quijote a su vez y revés. Entonces es fregado, a veces, lidiar con el castellano lejano pero vale la pena porque Cervantes habla de justicia, de poderosos, de humillados, de soberbios y de truhanes. Cuenta de amores y desdichas, de blasfemos y adulones. Y acaso así no es la vida. Y que lo diga Vargas Llosa, quien confesó que no a todo el mundo le puede resultar igual de fácil su lectura, que reconoció que no pudo con la obra la primera vez que intentó leerla en sus años de estudiante, que estaba en el último año de la secundaria cuando intentó leerlo y, simplemente, no pudo [2].

Es sábado en su casa y el teléfono y las visitas no paran. Ahora lo están llamando de la Academia de la Lengua, él como presidente tiene que solucionar un asunto sobre una estrofa apócrifa del Himno Nacional. Y llega uno de sus alumnos y lo apura para que firme una carta de recomendación para la Complutense de Madrid y luego tiene dar curso a un oficio para ser jurado de Himno de Lima. Pero este hombre no se agota.

Se ha levando de su asiento muelle junto a enorme tigre de bengala –Borges habita entre nosotros—y me muestra los originales de su libro Introducción de la Sicopatología del Lenguaje y uno se muere de envidia por la vitalidad de este maestro de la vida que de pronto sintió que tenía mayores motivos para seguir habitando en estos páramos cuando nació Luis Jaime Cisneros III, el hijo de Luis Jaime Cisneros Hammann, su hijo periodista de la agencia francesa AFP, casado con otra periodista, Rafaela León, de los León de esta villa del Señor. Y ahí está el abuelo retozando con el nieto. Y lo miro y él me mira. Y es casi un retrato como aquella vez cuando fui redactor y él director del diario El Observador en los ochenta y todos vivíamos imaginando distinción en aquel tiempo, cuando ser periodista era un lujo del peruano.

Cuando esa vez, a finales de 2004, el maestro Luis Jaime presentó la edición de El Quijote cuatrocientos años más tarde [3] y al cupo y con todos los honores este otro debut, Cisneros dijo en el campus de la Universidad Católica, entre afónico y emocionado: “Cuatro siglos celebramos de este libro. No es fácil hacerse a la idea pero vale la pena intentarlo [...] Propongo reflexionar por lo que significaba por entonces asumir empresa semejante. Estamos ante Cervantes descubriéndose a sí mismo. La novedad consiste en mostrarse como hombre preocupado por el libro que el propio lector tiene entre manos. Lo inesperado [y por lo tanto, lo realmente novedoso] es que le mismo lector se sienta un poco protagonista o testigo de todo ello, por cuanto con él es la cosa; para él esta confesando Cervantes todo el maremagno que lo embarga”.

Entonces, yo escribí una crónica a la sazón en el diario Perú 21. Él, maestro sencillo y frecuente, me envío un correo electrónico que a la letra [digital] decía así: “Sí mi amigo, es verdad: cada vez que leo el libro descubro algo nuevo. Y he pensado con Ortega, que es porque cada vez que lo leo, mi circunstancia se encarga del marco y los matices. ¿Usted se imagina hoy a Sancho en el Congreso, aplaudido a rabiar por los Valdez y los Pachecos y los Mufarech y los otros de cuyo nombre no puedo acordarme? Ya somos dos los que abiertamente nos confesamos lectores: el año entrante seremos más. Un abrazo: Luis Jaime Cisneros V”.

Ha caído la noche en Miraflores. Me despido, dejo al maestro sumido en su nieto de 8 meses que no pare de sonreírle. Él alza la mirada, me dice adiós y yo le deseo solamente la eternidad.



[1] Villanueva de los Infantes es aquel lugar de cuyo nombre no quería acordarse Cervantes, según desvela un estudio realizado por un equipo científico de la Universidad Complutense.

[2] «La cantidad de palabras cuyo significado no entendía y el tipo de retórica en que estaba escrito el libro prácticamente lo alejaron del Quijote», ha dicho sin vergüenza.

[3] Bajo el sello de Alfaguara, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua, apareció simultáneamente en todo el planeta en edición popular.




lunes, 1 de noviembre de 2010

ESPECIAL Mario Vargas Llosa III



"El periodismo ha sido un buen complemento
de mi vocación literaria"


Mario Vargas Llosa a los 15 años trabajando en La Crónica.
Jamás dejó de mencionar al periodismo como ejercicio que lo llevó a descubrir los secretos de la información que nuestro Premio Nobel convirtió en la escritura del arte: la literatura. En una encuesta de IPSO APOYO, no obstante hay 10 % de peruanos que no siente orgullo por esta distinción y 13 % asegura que MVLl no ayuda a mejorar la imagen del Perú en el mundo. Cierto. Si el casi 50 % no ha leído jamás alguna obra suya y ni siquiera sabe que Vargas Llosa es periodista. ¡Qué verguenza!(EJ)



NUEVA YORK (AP).- El escritor peruano Mario Vargas Llosa recibió ayer el premio Maria Moors Cabot a la cobertura periodística excepcional latinoamericana, en una cena en la Universidad de Columbia a la que asistieron decenas de personalidades de la prensa.

"El periodismo ha sido un buen complemento de mi vocación literaria", dijo el novelista en el podio tras agradecer el reconocimiento. "Empecé a los 15 años cuando mi padre me consiguió un trabajo en un diario de Lima y traté de cubrir de todo, desde crimen y deportes hasta política y obituarios".

El autor de "La casa verde", "La ciudad y los perros" y "Lituma en los Andes", entre otras obras, aseguró que el periodismo le ha dado un gran número de historias para sus relatos y que "es un arte que puede ser tan creativo como un trabajo literario, con la diferencia de que el escritor debe apegarse a la realidad".

"Rendimos honores a Mario Vargas Llosa por su distinguido aporte al periodismo", anunció el maestro de ceremonias al presentar al agasajado. "Tanto en su condición de inagotable reportero de prensa y radio, como de meticuloso artesano del lenguaje y cronista de los logros y desaciertos del ser humano, Vargas Llosa se ha pasado la vida defendiendo los valores democráticos y promoviendo el entendimiento interamericano".

El escritor señaló que el periodismo es la mejor herramienta que tiene la sociedad para descubrir sus fallas y luchar por la democracia y la libertad de expresión, e instó a sus colegas a rechazar el amarillismo y ofrecerle a los lectores siempre la verdad, del modo más objetivo posible, para que éstos puedan desarrollar sus propias opiniones.

"Mantengan en mente su responsabilidad como periodistas", concluyó.

Durante la velada, el comité universitario también concedió el premio Cabot a Ginger Thompson, ex directora de la oficina del diario The New York Times en Ciudad de México; José Hamilton Ribeiro, de TV Globo en Brasil, y Matt Moffett, corresponsal sudamericano del Wall Street Journal.

"Los ganadores de este año ilustran el estándar del premio Cabot: el máximo nivel de profesionalismo y perspicacia periodística en la búsqueda del entendimiento interamericano", dijo Nicholas Lemann, decano de la Escuela de Periodismo de Columbia, en un comunicado. "Estamos muy orgullosos de los 68 años de historia de este premio y aplaudimos a los ganadores".


miércoles, 27 de octubre de 2010

ESPECIAL MARIO VARGAS LLOSA II


'La escritura es una venganza. un desquite de la vida'

Esta es la historia de dos décadas, las que van desde el fracaso de su carrera política en Perú al éxito del Premio Nobel. Es la historia de un hombre que se sintió 'abandonado' por su pueblo, al que dedicó el sacrificio de dejar la literatura. Es la historia de cómo un fracaso lo convirtió en otro hombre. La escritura fue su desquite de la vida. Su venganza. Y es la historia de cómo Mario Vargas Llosa y sus hijos desnudan desde su residencia en Nueva York sus sentimientos durante las 48 horas que siguieron a la conquista del máximo galardón de las letras mundiales.




El día en que ganó el Nobel de Literatura alguien le llevó a Mario Vargas Llosa a Nueva York unos dulces de Arequipa (Perú), guargüeros. Estaba feliz, era un premio para el Nobel. Los guargüeros son como unos pestiños rellenos; tienen la apariencia de algunas pastas italianas, y saben a dulce de leche. En ese sabor está su infancia, Arequipa entera.


En ese ambiente blanquecino del apartamento alquilado en uno de los edificios más altos de Columbus Circus (Nueva York), el autor de El pez en el agua parecía, en efecto, un pez en el agua. En el paraíso. Como en la infancia, mimado, agasajado. La infancia acabó cuando tenía 11 años y el padre (al que creía muerto) regresó a su vida. Muchos años después, esos dulces y el Nobel le llevan al paraíso que perdió cuando iba a atravesar la raya de la adolescencia. Ahora esos dulcecitos, que son como los que su abuela le hacía, le llevan a la ya tan lejana infancia.


O no tan lejana. El Nobel, de 74 años, tiene aquellos años incrustados en la memoria como el tiempo en que se hizo a casi todo. Ahí descubrió el amor absorbente por la madre, asimiló que no tenía padre, que este estaba en el cielo o que nunca existió, y descubrió la literatura en los libros que circulaban por la casa grande de la familia enorme con la que se crió.


En ese libro, El pez en el agua, se cuenta esa historia, sin la cual es improbable que alguien tenga una idea cabal de quién es de veras este hombre al que muchos aman y otros crucifican. Los que lo crucifican creen que es un reaccionario que cambió de rumbo y traicionó sus ideas izquierdistas de los años sesenta en que toda revolución tenía su asiento; los que le siguen amando o bien ya lo amaban en los sesenta y entendieron su evolución, o bien simplemente le han leído y saben que sobre esta literatura ahora avalada por el Nobel no valen los tópicos amasados con las ideologías.


Los suecos de la Academia, que parecía que nunca iban a aceptar que Vargas Llosa es uno de los grandes escritores del mundo, finalmente le concedieron el Nobel y además fueron muy explícitos sobre las razones del merecimiento: porque ha sido capaz de contar la cartografía (eso dijeron, cartografía) del poder para mostrar sus miserias y también para expresar la lucha, la revuelta, del hombre por la libertad.


A Vargas Llosa le divirtió mucho la palabra cartografía, pero le emocionó verdaderamente el resto de los argumentos. Comentó, ante un grupo de amigos a los que reunió en un bullicioso restaurante italiano de Nueva York: "¡Qué dirán mis críticos!". Enmudecerán. "¡Qué va! Quien está mudo soy yo".

No está mudo, claro que no; se despertó de aquellos catorce minutos de incertidumbre. Creyó que era una broma, como la que le gastaron hace años a Alberto Moravia, pero catorce minutos después le llegó la confirmación: era Premio Nobel de Literatura de 2010. Su hija Morgana, de 36 años, fotógrafa, lo vivió llorando en Lima, con sus dos hijas y con su esposo, Stefan; su hijo Gonzalo, de 43 años, diplomático, funcionario internacional destinado ahora por ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) en Santo Domingo, lo vivió viajando a Haití, y Álvaro, el periodista, de 44 años, escuchó la noticia "estupefacto, paralizado, y luego feliz" en la casa de Washington donde vive con su mujer, Susana, y sus tres hijos.


Las hijas de Gonzalo están en Suiza, en un internado. Todos los nietos ("tienes que añadir ahí a Jurema, mi perra", dice Álvaro, "que es como otro nieto"; desde Lima, salta Morgana: "¿Y por qué te olvidas de mi pobre D'Artagnan, que está tan viejito?") han vivido de manera peculiar esta noticia, que ha revolucionado la vida familiar de esta gente que come guargüeros allá donde se encuentren. La de los Vargas, gracias sobre todo a la capacidad aglutinadora de Patricia Vargas Llosa, la esposa que también fue (o es) prima, es una familia muy sólida, que celebra en unión los veranos y las navidades, que busca cualquier motivo para juntarse y que se apoya también en los tiempos difíciles. Patricia es la brújula de esta navegación familiar, y en tiempos de incertidumbre (cuando Álvaro y Mario riñeron por cuestiones políticas relacionadas con Perú) ella fue la que condujo el conflicto por las vías que permitían un civilizado, y emocionado, reencuentro. Este tuvo lugar en Miami, cuando a Álvaro le dieron un premio, meses después del desencuentro; el padre, la madre y otros miembros de la familia quisieron acompañar a Álvaro, y ahora este dice: "Fui el culpable", con la misma emoción con que vivió la reconciliación.


Así que aquí, en esta familia, todo se vive como un espectáculo tranquilo, pero bullicioso y coral. Y el Nobel iba a ser un terremoto que a todos les afectó de un modo distinto, pero que conmovió por igual a todos. Hablábamos de los nietos. Gonzalo cuenta que, cuando se supo que el abuelo había ganado el principal premio de las letras mundiales, su hija Ariadna, que tiene diez años, le expresó por teléfono su preocupación infantil. Como él, que tenía peores notas que Álvaro en la escuela, Ariadna no obtiene los mejores resultados, y el premio del abuelo la tenía inquieta. Le dijo al padre: "O sea que, como al abuelo le han dado ese premio, a lo mejor ahora los maestros me piden que saque mejores notas".


A Leandro, el hijo mayor de Álvaro, que tiene ahora 14 años, le preguntaron en la escuela si su abuelo era alguien especial. Y se escondió detrás del flequillo como quien quiere huir de un alud. "No, no es nadie especial", farfulló. Tímida como ese sobrino suyo, Morgana, que ha sido compañera nuestra en EL PAÍS, y que ha acompañado a su padre en algunas de las aventuras más arriesgadas (Irak, Israel, Palestina) o placenteras (los escenarios de El paraíso en la otra esquina) tuvo que superar su retraimiento público cuando sonó la noticia y ella era la única representante familiar que podía hacer declaraciones en Lima.


Para curarse de su timidez, la hija más chica de los Vargas se tuvo que tomar tres copas de champán, y sin palabras todavía hizo que todos los periodistas que se agolpaban ante la vivienda familiar limeña pasaran a brindar y a conversar en esa casa de paredes blancas desde la que se ve el mar violento de la costa que acaricia Barranco. La fiesta adquirió tal carácter que la abuela Olga, madre de Patricia, tía de Mario, de 93 años, abandonó su postración y su desgana ante el mundo, se vistió de nuevo, se puso un pañuelo vistoso en su cuello de persona mayor y empezó a hacer declaraciones ante todas las cámaras de todos los noticiarios.

Se animó tanto con la noticia y con la aglomeración que no solo lloró cada vez que se acordaba del éxito de su yerno el Nobel sino que se atrevió a decir que sí, que ella, como Carmen Balcells (su agente literaria), como Fernando de Szyslo, el artista, quizá el más antiguo amigo de Mario, como tantos otros que han estado siempre cerca, iría también a Estocolmo. Cómo no.


Le preguntó un periodista a doña Olga, a la que también llaman Olguita:
-¿Y ya tiene usted traje?
-Tenía. Pero hemos esperado tanto tiempo que ya está apolillado y tendré que comprarme otro.


Han pasado veinte años. "Es curioso", decía Álvaro, y también lo decía el propio interesado, Mario Vargas Llosa, "mucha gente está de acuerdo en decir que han pasado veinte años desde que mi padre merecía tener el Nobel. Veinte años". Quizá, concedió el hijo mayor, fue porque entonces Mario tuvo su gran derrota política, y a partir de entonces ya fue solo un escritor. Su obra hasta entonces, sin duda, merecía ya el galardón, comentamos nosotros. "Sí, pero si hubiera salido presidente", añadió Álvaro Vargas Llosa, "mi padre jamás hubiera obtenido el Nobel".


O sea que es cierto que le vino Dios a ver cuando se produjo esa derrota. Sí, esa es la opinión de Morgana. Y es la opinión de toda la familia, que por otra parte estuvo implicadísima en esa campaña electoral que tanto placer como dolor produjo en los Vargas, e incluso en Mario, que a veces parece inmune a la naturaleza de los desastres.


Pero esa vez, cuando perdió las elecciones ante un candidato, Alberto Fujimori, que luego subvirtió el orden democrático, ensangrentó el país, robó, etcétera, Vargas Llosa cayó presa de un decaimiento del que fuimos testigos. Llegó a París, poco después del fracaso; había adelgazado cerca de veinte kilos, su delgadez era la delgadez de los derrotados. Su hijo Álvaro, que hizo la campaña muy estrechamente ligado a él, recuerda ese momento como un instante de estupor. Vargas Llosa, el ahora Nobel, podía irse a un lado o al otro de la balanza; su equilibrio, sin embargo, le ayudó a superar el primer lunar verdaderamente serio de su trayectoria. Lo del padre (que le metiera en un colegio militar, que considerara "mariconerías" su pasión por la escritura, su carácter dictatorial) ya estaba deglutido en la memoria. Pero esto era nuevo; perder así, recuerda Álvaro, fue una tragedia.


Como siempre, como ante el desdén del padre, que era un desdén del destino, a Mario Vargas Llosa, dice su hijo, "lo salvó la literatura". En campaña leía "a Quevedo y a Góngora, cada mañana", y así salía a dar mítines, "a prometer un Perú mejor para los ciudadanos". Cuando perdió, "se consideró traicionado por un pueblo al que dedicó el sacrificio de dejar la literatura", y ese desengaño lo maltrató. Hasta que se levantó otra vez, dice Álvaro. "Creo que la escritura de ese libro, El pez en el agua, lo salvó. Él solía guardar sus experiencias algún tiempo, como en La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral o La casa verde; las deglutía, y luego están presentes ahí, muchos de los viajes y de las experiencias de sus historias son sus propios viajes o experiencias".


Pero esta vez, concede Álvaro, "mi padre decidió tirar por el camino del medio y escribir esas memorias, una parte la memoria política, otra parte la memoria de la infancia. Dos historias, dos momentos de gran felicidad y luego de gran fracaso. Se atrevió". Salió hecho "otro hombre". El padre dice lo mismo. Sentado en uno de sus restaurantes favoritos de Nueva York, donde no hay guargüeros pero hay hamburguesas, Mario Vargas Llosa recuerda esa frustración que, veinte años después, ya no ensombrece su rostro, ahora el rostro feliz de un Nobel reciente.


"Trabajé mucho", dice Mario, "por un proyecto que creía bueno. Y la derrota fue una gran decepción". Pero volvió a lo suyo, "a lo que me estimula más". Escribió El pez en el agua: "Porque quería quitarme la experiencia de encima". "Un escritor tiene la ventaja de que puede convertir un fracaso en materia literaria, y eso lo alivia. La escritura es una venganza, un desquite de la vida".


Volvió, pues, "a la rutina habitual", y ya agarró un ritmo imparable. En estos veinte años, los que van del fracaso al éxito (los dos impostores de los que hablaba Rudyard Kipling, Nobel también, en su poema If), ha escrito novelas alegres, novelas tristes, ha hecho ensayos literarios y políticos, ha hecho periodismo, viajes, ha dado conferencias, se ha metido en líos monumentales (como cuando enfadó a Octavio Paz, su amigo, llamando al México del PRI una dictadura perfecta), ha arrostrado el lugar común de su conservadurismo (que repiten sobre todo los que, como en la famosa anécdota, han hecho con sus libros lo que Sofía Mazagatos: no los leen pero los juzgan), y, en definitiva, ha vivido los altibajos de cualquier existencia "con el entusiasmo y la alegría del que sabe que la vida merece ser vivida".



Para hacer todo eso ha sido preciso "mantenerse en forma, cuidarse, viajar, a Palestina, a Irak, a Afganistán, ha sido preciso ir al Congo, al Amazonas, al Pacífico en busca de Gauguin. La verdad es que no he parado. Y no pienso parar", dice Mario Vargas Llosa, "mientras tenga ilusión y curiosidad y me funcione la cabeza, que de momento creo que me sigue funcionando. La vejez no me aterroriza mientras pueda seguir desplazándome. Me acerco a la muerte sin pensar en ella, sin temerla. Mientras trabajo me siento invulnerable".


Ha cambiado. Mucho. Morgana nunca hubiera creído que aquel obseso por el trabajo sería un día tan buen cuidador de sus nietos, con los que juega y por los que se desvive hasta el límite de las payasadas que contentan a los muchachos. Es ahora más alegre, cree Álvaro, y Gonzalo piensa que algo que siempre ha tenido en cuenta, en su relación con los hijos, y ahora con los hijos de los hijos, "es la experiencia con su padre; jamás ha querido ser el hombre autoritario que él mismo tuvo encima en su adolescencia". Esa experiencia, que el propio Mario confiesa dolorosa, "fue una influencia estimulante para que mi padre nos tratara con enorme tacto", según Álvaro.


Gonzalo recuerda algunos episodios que pueden ilustrar la evolución de esa relación paterno filial. Cuando este joven servidor de la ONU para ayudar a los refugiados era un chiquillo de 16 años resolvió hacerse rastafari; se dejó los pelos hasta los hombros, se dedicó a fumar marihuana y a escuchar reggae, y durante dos años desoyó insistentemente los avisos de su padre para que abandonara esa deriva. Gonzalo era un rebelde; ahora él recuerda que su padre tenía sobre él dos miradas: la del padre y la del escritor: "Y eso convertía su actitud hacia conmigo en una actitud algo cómplice". Hasta que escribió su célebre artículo Mi hijo el rastafari en el que aventó al mundo, con humor y con condescendencia, lo que, además de un drama familiar, dice Gonzalo: "Era también un asunto para su periodismo y para su literatura". Gonzalo ve ahora ese episodio casi como lo vio su padre: "Pero entonces yo sentía la necesidad de rebelarme, como mi padre hizo muchas veces con su propio padre, y yo creo que por eso él entonces me entendió".


Y cuenta algo más Gonzalo que revela esa relación que la vida ha endulzado hasta extremos que el propio Mario confiesa divertido: de aquel padre que los metía a leer obligatoriamente a la salida de la escuela, "cuando todos nuestros amigos jugaban al fútbol", hemos pasado a un padre y a un abuelo que se viste de Papá Noel y es capaz de cargar a los niños para que estos hagan lo que quieran con él. Pero aquella dictadura leve del padre que los hacía leer obligatoriamente "nos dejó una disciplina". "Yo mismo", dice Gonzalo, "vuelvo a esa experiencia de leer todos los días como una de las influencias más valiosas en mi relación con él".


Han cambiado los tiempos; aquel 1990 de la derrota dejó paso a este otro momento de la vida. Pero algo de rencor, algún ajuste de cuentas quedará en los resquicios, le pregunté en ese restaurante típicamente norteamericano donde se comía una hamburguesa típica, a mediodía. ¿No siente como la expresión de una venganza propia el hecho de que Fujimori esté en la cárcel?


No, qué va. "Fujimori no me derrotó, fue una mayoría de los electores peruanos. Yo nunca le ataqué mientras mantuvo la democracia, pero, obviamente, él rompió las reglas del sistema gracias al cual había llegado al poder, y por los delitos que cometió cumple ahora pena. Pero jamás tuve la tentación de desearle un final así. Ni está en mi carácter el ajuste de cuentas. Pero me alegro mucho del juicio justo".


En este tiempo, en estos veinte años que cruzan la vida desde el fracaso al triunfo, ha escrito novelas en las que el sexo se alterna con la aventura, y otras, como La fiesta del Chivo o esta última, El sueño del celta, en las que se aventura por los caminos de la maldad, y aunque él interviene ahí como el contador, el narrador que explora el camino para presentar la historia como si usara un espejo, sí es evidente que quiere trasladar el compromiso moral que hay detrás de toda su obra de esta naturaleza. "La descripción de la maldad", dice, "obliga a una toma de conciencia moral. Si no detenemos a tiempo la capacidad de destrucción del ser humano, el resultado es el horror; ha ocurrido en el pasado, y ahora la democracia frena ese horror. Es un tema obsesivo para mí en los últimos años. Y es un tema recurrente; está en Congo, en esta última novela, está en la Amazonía, en La guerra del fin del mundo, está en la locura terrorista en Lituma, y está, sin duda, en esas dos novelas que dices. Pero también está en mi periodismo; mira lo que he hecho en Irak, en Palestina, en Afganistán".


El infierno en cada esquina. ¿Y el paraíso? ¿Ha reencontrado Mario el paraíso? El autor de El paraíso en la otra esquina, la novela en la que Gauguin se revuelve como una pesadilla a veces gozosa, es consciente de que aquel paraíso en el que era mimado, querido, consentido por toda la familia, "hasta que llegó el padre", no volverá jamás. "No está ese paraíso en la vida real". Pero haberlo perdido "tampoco debió ser una tragedia". "Gracias a eso", continúa, "gracias a que mi padre me metió en un colegio militar, gracias a que me impidió a veces con saña ser un escritor, tuve una experiencia que me dio la oportunidad de escribir con un gran material literario. Si eso no hubiera ocurrido, probablemente yo no hubiera sido un escritor. Y sí, escribir es un placer, te permite salir de cualquier circunstancia terrible, te lleva a defenderte de cualquier adversidad. En ese sentido escribir es mi paraíso".

Y el paraíso es la familia. Le pregunté a Morgana Vargas Llosa qué significado tiene en el padre la figura de Patricia, la madre. "Es la compañera inseparable sin la cual mi padre no sería nada". Dice Morgana que su padre no sabe el número de teléfono de la casa, no sabe ni siquiera su dirección, es incapaz de cambiar una bombilla, desconoce por completo cómo se pone en marcha una lavadora y jamás ha frito un huevo. Pero esta mañana, le digo, su padre me ha explicado, en contra de la opinión de su madre, que el apartamento en el que viven ahora en Nueva York lo paga él y no la universidad. Un detalle de que está atento, ¿no, Morgana? "Qué va. Fíate de mi madre. En eso también ella tendrá razón".
Poco después cacé al vuelo lo que Mario le decía a unos periodistas franceses: "No me sé mi mail, jamás agarro un teléfono que esté sonando, no sé usar los teléfonos celulares. Y solo me acuerdo del primer número que tuvimos cuando nos casamos, hace 45 años. El 46 40 60".


Cómo no introducir en esta retahíla de visiones familiares del Nobel Vargas a Carmen Balcells, la mamá grande de varias generaciones de autores, y muy especialmente la mamá grande de Mario. Una vez Carmen Balcells lo levantó de la silla de sus trabajos forzados en Londres y lo puso a escribir. Lo sentó, por así decirlo, en el paraíso. Ese paraíso tuvo una interrupción que pudo haber sido eterna, cuando la política lo sedujo demasiado. De ese fracaso se levantó hecho otro hombre. Los hijos piensan que ese trozo de paraíso en el que ahora habita con el trofeo del Nobel de Literatura no hubiera sido posible si Patricia no hubiera estado ahí, haciendo que los sueños del escritor se convirtieran en la letra insistente que ahora le premian en Suecia.


El sábado posterior a la concesión del Nobel, Vargas le dijo a su agente, Carmen Balcells, en la radio peruana: "¡Cómo pudiste seducir a los veinte jurados de la Academia Sueca!". Con el mismo humor, la mamá grande de los autores del boom (García Márquez, Donoso, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar) exclamó: "¡Tengo mis recursos!".

Los dos saben que no es cierto. La llave de este paraíso la tiene el genio, que Carmen supo vislumbrar y que Patricia ha cuidado como se cuida un hijo, un nieto, un marido o un sueño. Como cuidaba la abuela la receta de los guargüeros, el inolvidable sabor del paraíso.






ESPECIAL MARIO VARGAS LLOSA


Enviado especial al infierno tan temido

Mario Vargas Llosa ha acometido varios atrevimientos en El sueño del celta, y de todos ha salido triunfante e indemne, más noble aún que cuando entró en el infierno tan temido. Ahí es donde ha encontrado, en cueros a veces, despojado en todo caso de la careta que el alma se pone para que no se vea el cuerpo, a Roger Casement, un idealista al que la vida le esperaba como una metáfora de la maldad. Ahí, en ese territorio que se multiplica por cuatro (África, la Amazonia, la cárcel, el sexo), Roger toca el infierno tan temido, la maldad humana en su estado más puro y por tanto más enfangado.

POR JUAN CRUZ




En ese abismo que va cubriendo el romanticismo de una vida alentada por los viajes y por la voluntad de ayudar a los otros, Casement ve de todo, pero sobre todo ve cómo el hombre se sirve de la fuerza, de la fuerza física, y también del dominio inmoral de la riqueza, para someter a los otros, para agarrarlos de las tripas o del espíritu para convertirlos en bestias espejos a su vez de la bestias. Casement asiste a todas las formas de degradación humana, y el novelista le sigue, asustado ante esas formas de degradación que a veces rozan de manera terrible al propio protagonista. La nobleza del que mira, Mario Vargas Llosa, permite al lector asistir a ese descenso paulatino a los infiernos con la misma óptica que la que usa el narrador: en ningún momento clava el novelista ninguna flecha en la mirada del protagonista, o para salvarlo o para estigmatizarlo; sólo al final, cuando el epílogo le sirve de reposo después de ese relato escalofriante y detenido, como de corresponsal en una guerra terrible y más inhumana aún que las guerras, Mario Vargas Llosa se aventura a desvelar su propio sentimiento acerca de una de las más abyectas maniobras contra Casement.




El novelista, hasta entonces, había sido un notario aterrado de las desviaciones humanas que convirtieron la mirada de sir Roger en una sucesión de descubrimientos fatales acerca de la maldad como infierno humano. ¿Fue sir Roger, en su vida personal, en sus inclinaciones sexuales, tan aberrante como quiso presentarlo el Gobierno británico para degradarlo? Ahí es donde únicamente el novelista abandona su puesto de observación asombrada: hasta entonces ha ido relatando, con la minuciosidad de un forense que acaba de asomarse al abismo del hombre como bestia, la historia de diversas degradaciones hasta llegar a la exaltación del hombre que quiere trabajar por la libertad aún a costa de su vida o de la lealtad a su patria postiza.






Donde el libro alcanza la plenitud, allí donde el hombre se enfrenta al espejo roto de la vida, es en los episodios de la cárcel; una cárcel del alma, donde sir Roger halla consuelo o preguntas, el lugar en el que la comunicación busca una nobleza que parece residir tan sólo en las humedades encarceladas del alma. Esos episodios son especialmente emotivos, y el lector va recorriéndolos como si estuviera tocando la herida de una autobiografía. Pues el libro en ningún caso, y ese es un mérito radical, trata de una historia lineal, algo que ocurrió en África, en la Amazonia, en Irlanda, en Alemania, en los distintos vertederos de vida o podredumbre que visitó Casement en su descenso a los infiernos; sino que esta obra de Mario Vargas Llosa es, sobre todo, un espejo oscuro del alma humana, y no se lee como una novela a la que uno se asoma como un espectador y luego abandona sus intersticios brumosos como si hubiera asistido a un cuento horripilante pero fantástico. El sueño del celta es sobre todos nosotros: este libro roza el alma humana, la atraviesa y la devuelve en su estado más verdadero, oscura o clara, clemente o maldita.




Para hacer esto, para convertir una historia así en una novela despojada de artificio el novelista se ha situado en el lugar del enviado especial; parece un cronista del susto, lo narra, como decía el poeta José Hierro, sin vuelo en el verso, ha ido desplegando su memorial de horrores y lo ha dispuesto como una suma que él mismo siente como una punzada vomitiva en el corazón. El contrapunto, la zona de sosiego, es, curiosamente, el lugar en el que el hombre purga el infierno, y ese lugar de paz es la cárcel, y al fin la muerte, como la deseada salida del ángulo muerto al que han ido conduciendo su vida. La cárcel como muerte y a la vez como sitio de reflexión o de salida del horror en el que la vida te envuelve, como una casualidad llena de barro o de sangre o de maldad.

Es un libro escalofriante del que uno sale con la boca pastosa, llena de hormigas oscuras que van deletreando esa palabra tan temida, i-n-f-i-e-r-n-o, la terrible, inclemente maldad del hombre hundiendo en el fango el cada vez más deterioro prestigio de la palabra nobleza.

miércoles, 18 de agosto de 2010

domingo, 20 de junio de 2010

ONCE POR ONCE




Columna 10 (Domingo 20 de junio)

Papás sin hijos

Eloy Jáuregui *

Lo ampayé en Plaza San Miguel. “Mis compras por el día del padre”, respondió Urbino Pérez, el cebichita salsero, ante mi mirada inquisidora. “Maestro, usted no tienes ni hijos, ni viejo”, le dije. Y ahí quiso convencerme sobre el gringo Michael Bradley, el del empate de EE.UU. a Eslovenia, que es hijo de su entrador y que padece del complejo de Edipo en su fase negativa. Freudiano, Urbino es el Capello del sicoanálisis. Había terminado el Ghana-Australia. Otro empate. Otro país africano que es apenas ilusión. La utopía negra de Pelé, aquella que predijo que África sería el poder del fútbol a inicios del S. XXI, no se cumple. Japón ayer no mereció perder con Holanda pero el portero Kawashima hizo honor a esa frase del gran Pancho Villegas: “Oiga –le dijo a un arquero muy malo--, las pelotas que van al arco, está bien, que sean gol, pero las que van afuera, no las meta”.


Ha pasado más de una semana de puro fútbol. El presidente García y el alcalde de Lima siguen desconectados de aquello que nos friega la vida. Burga va al Congreso y hace las de Mezzi. Me he vuelto a enamorar. Hace un frío de miércoles en Lima. Shirley Cherres quiere emociones fuertes con Bratt Pizza. Magaly y Guerrero regresan a la cárcel. A Roberto Martínez le gusta el tubo. El novio de Maricielo descubrió recién que ella no era virgen. No baja el precio de la cebolla y el tomate. Cada día abren más hostales. Cada noche se realizan más abortos. No me puedo comprar mi TV-HD. En EE.UU. siguen fusilando a reos. Se cayó otro avión de la FAP. Anelka le dijo a su DT: “Vete a tomar por culo, sucio hijo de puta” y lo botaron de su selección. Repito, me he vuelto a enamorar. Y dónde está el fútbol que nos prometieron.

Urbino me llamó ebrio por la tarde. “Te dije, todos los países se igualaron para abajo”, gritó. Le colgué. Hoy felizmente juega Brasil. A propósito, el diario O’Dia publicó: “Sexo + vino + helado= show de fútbol”. Se estaba haciendo eco de la ecuación simple colgada en la red social del ‘twitter’ que critica al juego del once de Dunga. Cierto frente a los enanos argentinos estos parece eunucos. “¡Dunga, libera el sexo de la selección!”, exigen por Internet. Tienen razón, uno que está al día en esa cancha, es full poesía.

*Escritor y poeta

sábado, 19 de junio de 2010

ONCE POR ONCE






Columna 9 (Sábado 19 de junio)

Ensayo sobre la ceguera


Eloy Jáuregui *

Estaba compungido y culifruncido. Urbino Pérez es muy sentimental, el amor lo tiene cagado. “Lloro por la muerte de Saramago y porque Cristiano Ronaldo es ateo”. Luego, con su pancito, limpió su plato hondo de Chanfainita pidiendo repetición en “El Huarique del Buen Sabor” de Cecilia Humaní de la Av. Canevaro. El sitio estaba poblado de taxistas, hinchas de Alemania, quienes tragaban el suculento bofe con amargura. Miraban abatidos. Amargos con Podolski que falló un penal y la expulsión de Klose. El equipo de Joachim Loew había sido un desastre y los Serbios con lo justo, le pegaron un cachetazo.

Yo cite a Saramago mirando a Urbino: “A veces la gente empieza a luchar por alguna cosa y acaba ganando otra. Pero para ganar la segunda hay que empezar luchando por la primera”. El vulgo no me entendió. Creen, como el bellaco de Aldo Mariátegui, que antes se jugaba mejor y que este mundial es un adefesio. Pobre charlatán de derecha. Urbino terció cuando los serbios se besaban como en una fiesta de ambiente: “Kobe Bryant debió jugar por los teutones”, dijo. ¿Bryant? Este está cojudo, pensé. Confunde el fútbol con la gloria de los Lakers, campeones de la NBA. Entonces puse orden.

El fútbol pertenece a la revolución científico-técnica propia del S. XXI. Bielsa con Chile lo demuestra. Se juega con un delantero y se golea. Te metes con 6 atrás y se pasean contigo. Hoy hay que tener equilibrio integral. Jamás saldrá otro Pelé. Las reglas de juego también han cambiado. Un partido no se divide en 2 parte. Cuando la cadena Al-Jazira hizo decir a Aragonés que España había cambiado en apenas 2 años estaba diciendo que el fútbol cambia todos los días. Por resultados, por plata, por finanzas, por negociados, por espectáculo, por pasiones ¿Sigo? Urbino estaba roncando cuando EE.UU. le empataba a Slovenia.

Con el desastre de Inglaterra frente al modesto Argelia, digo que en el fútbol sí hay lógica. No la del volumen de Maradona, que es chifladura pura o la de algunos advenedizos que hablan gansadas. Así, el Mundo está de duelo, por el pobre mundial y por Saramago que se fue al cielo a pedirle cuentas a Dios

*Escritor y poeta


domingo, 16 de mayo de 2010

LA RED CELEBRA SU CUMPLEAÑOS




EL DÍA QUE SE DERROTÓ AL TIEMPO

La reconversión de los contenidos al mundo digital y el éxito de la Red a la hora de acercar a los usuarios, gracias a herramientas como Facebook o Twitter, marcan la celebración, este lunes, del Día de Internet, esa herramienta adolescente de proyección imparable.



La red de redes llega a su día grande con buena salud, como una adolescente que se encuentra en una fase explosiva de creatividad y no tiene miedo de probar cosas nuevas, aunque finalmente resulten un desastre, explica en una entrevista con Miguel Pérez Subías, presidente de la Asociación de Usuarios de Internet (AUI), el grupo que impulsó el día de la Red.

En su momento, emprendedores pusieron en marcha, un tanto a ciegas, Google, Apple o YouTube -que cumple 5 años-, compañías que hoy gozan de influencia y de una gran popularidad y que capean la crisis con resultados económicos más que favorables. Las redes sociales, que fomentan la comunicación con conocidos, potencian la pertenencia a un grupo y permiten reafirmar la identidad social, son hoy las estrellas de la red. Facebook ya cuenta con más de 400 millones de usuarios y en la red de 'microblogging' Twitter se publica a diario una media de 50 millones de entradas. Ambas son las más potentes, pero existen todo tipo de redes sociales que sirven desde para charlar de cine, hasta para denunciar a tiranos, insultar a enemigos o compartir con un selecto grupo de millonarios el placer del lujo.
La reunión cibernética en torno a intereses comunes también les resulta de gran utilidad a las empresas, que saben hacia dónde tienen que dirigir sus mensajes y reciben una retroalimentación directa de los consumidores.


Lo afín

Según Pérez Subías, la verdadera dimensión de la Red se pone de manifiesto cuando se utiliza en la vida cotidiana para relacionarse con las personas cercanas o afines, no cuando se accede a lo que está lejos.

Y es que el experto de la AUI afirma que la ciudadanía ve en Internet una gran oportunidad que facilita la vida y permite compartir, comentar, participar y acceder de forma inmediata y desde cualquier lugar a contenidos digitales.
La clamorosa inmersión de los ciudadanos en la Red ha puesto en jaque los modelos tradicionales de negocio. A las industrias de contenidos digitales les está costando arrancar y consolidar su desembarco en Internet, que siguen considerando una amenaza.

La música, el cine, la literatura y la televisión se han visto en la tesitura de una forzosa reconversión al mundo digital, inmersos en un "cambio radical de modelo".

Otro modelo

Pérez Subías afirma que el sector no puede seguir viviendo de vender copias físicas porque con Internet su coste tiende a cero: cada 18 meses ese coste se divide entre dos o entre cuatro y el proceso de copiar es sencillo e imposible de controlar.

El tiempo de reacción de estas industrias ha sido lento, y lo sigue siendo, lo que fomenta la propagación de contenidos piratas."Cuanto más tardemos en reaccionar antes, habrá otros que aprovecharán esto como una ventaja", dice Pérez Subías, quien denuncia que se legisle para preservar el mundo analógico cuando la realidad se dirige a uno digital.

El presidente de la AUI considera un error que políticos y empresas planteen la reconversión de los modelos de negocio como un problema, cuando en realidad es una oportunidad: "Se penalizan los usos que se están haciendo de internet en lugar de potenciarlos. Lo que se intenta es frenar su desarrollo porque eso afecta a un sector económico, cuando ese desarrollo es imparable", apunta.

En cualquier caso, tímidamente surgen nuevas iniciativas que contribuyen a esa transición, como el programa de 'streaming' Spotify, que permite oír música de forma gratuita a cambio de escuchar publicidad, o Libranda, una nueva plataforma digital de distribución de literatura que reunirá a los grandes grupos editoriales en español.

Oportunidad para los pequeños

Quienes han tenido claro desde el principio el potencial de Internet como canal de proyección han sido los pequeños creadores, que pueden dar a conocer sus obras de forma sencilla y económica. El boca-oreja está más vivo que nunca gracias a las redes sociales.

Internet es un medio democrático en el que los intentos de censura son inútiles, asegura Pérez Subías, porque avanza tan rápido que los usuarios se las apañan para burlar las dificultades.

Pero la mayor amenaza para la neutralidad de la red procede del poder empresarial: la falta de competencia resulta devastadora para el usuario, que pierde poder y capacidad de decisión.